Llueven sombrillas, llueven anzuelos, llueve algún ancla. Algo debió de pasar en la playa. Probablemente estornudó un gigante que estaba de vacaciones. Se le metería en su nariz gigante un poco de crema solar de su bote gigante. Estornudó sin remedio. Se han volado algunas nubes incluso: dicen que esta tarde llovió en lugares donde no estaba previsto. Algunas pequeñas familias vieron cómo sus pequeños picnics salieron volando: sus pequeñas tortillas, sus pequeñas paellas; todo salió volando. Las pequeñas señoras tapaban sus pequeñas vergüenzas, porque también salieron volando sus pequeños bikinis.
El ancla cayó en plena Gran Vía, y los que allí estaban se quedaron allí anclados para siempre, comprando sin parar, anclados a su prisa y a su voraz consumismo. El anzuelo pescó a un político que estaba robando. Se agitaba mientras colgaba de su engolada corbata y repetía: "Yo no, yo no". Alguna sombrilla aprovechó para ir a tapar algún solecillo. El Sol grande, el de verdad, sólo podría haber sido tapado por la sombrilla-za del gigante. Pero esa no se voló, ¿o acaso conocéis a alguien capaz de hacer volar su sombrilla de un estornudo? Son siempre los grandes los que hacen volar de un estornudo las sombrillas de los pequeños. Bueno, y luego también está David contra Goliat, capaz de hacer volar por los aires la lógica de las sombrillas y los estornudos de gigante, capaz de estornudarle en la cara al gigante y chimpún.
Sugerido por este intrigante dibujo de Pablo Cabrera.
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