domingo, 30 de abril de 2017

Estornudó un gigante

Llueven sombrillas, llueven anzuelos, llueve algún ancla. Algo debió de pasar en la playa. Probablemente estornudó un gigante que estaba de vacaciones. Se le metería en su nariz gigante un poco de crema solar de su bote gigante. Estornudó sin remedio. Se han volado algunas nubes incluso: dicen que esta tarde llovió en lugares donde no estaba previsto. Algunas pequeñas familias vieron cómo sus pequeños picnics salieron volando: sus pequeñas tortillas, sus pequeñas paellas; todo salió volando. Las pequeñas señoras tapaban sus pequeñas vergüenzas, porque también salieron volando sus pequeños bikinis.
El ancla cayó en plena Gran Vía, y los que allí estaban se quedaron allí anclados para siempre, comprando sin parar, anclados a su prisa y a su voraz consumismo. El anzuelo pescó a un político que estaba robando. Se agitaba mientras colgaba de su engolada corbata y repetía: "Yo no, yo no". Alguna sombrilla aprovechó para ir a tapar algún solecillo. El Sol grande, el de verdad, sólo podría haber sido tapado por la sombrilla-za del gigante. Pero esa no se voló, ¿o acaso conocéis a alguien capaz de hacer volar su sombrilla de un estornudo? Son siempre los grandes los que hacen volar de un estornudo las sombrillas de los pequeños. Bueno, y luego también está David contra Goliat, capaz de hacer volar por los aires la lógica de las sombrillas y los estornudos de gigante, capaz de estornudarle en la cara al gigante y chimpún.

Sugerido por este intrigante dibujo de Pablo Cabrera.

martes, 11 de abril de 2017

Los ingredientes del Amor

Te ofrezco los ingredientes del Amor en bandeja de acuarela. Etéreos, ligeros, luminosos.Quiero que los tengas, como quien  regala la partitura de una cancion que escribió con toda  la intención del mundo. Te los ofrezco por si quieres oírlos, saborearlos, degustarlos. Si no los quieres los guardaré en mi despensa hasta mejor ocasión. Son como el arroz que no se pasa. Tienen tanta luz que distraerían hasta al tiempo de su intención de pasar. De hecho, me ciegan a veces, brillan demasiado.¿No ves? Hay hasta barcos errantes navegando entre ellos, en plena paradoja: la luz de un faro de tales dimensiones termina por deslumbrarles sin remedio.


Estáis a veces descolocados, como si no os aclararais, como si todo se mezclara y ya no se supiera si sois rojos pasión, o azules pecera, o en realidad morados berenjena. Os amontonáis a ratos, como los niños que juegan a aplastarse, como los adolescentes que se buscan la piel, como los adultos que ya sin (apenas) miedo a lo oscuro se adentran en la cueva hasta lo más profundo. 


Navegamos a ratos por limonada agridulce, mi capitán. ¡Ah! Es por eso que a veces nos pican los ojos, se salta una lágrima o incluso termina corriendo la sangre. A veces quizás hasta nos hemos manchado; pero sólo un poquito, sólo en el borde; en realidad la sangre nunca llegó al río... No deja de ser inevitable pringarlo todo cuando cocinas ingredientes saltarines. Es difícil que el fuego no se te arrebate.


Dame más de tu rojo, de tu verde, de tu azul; dame toda la gama. Los pondré a todos a salvo donde tengan sentido, donde no se desboquen ni pierdan la chispa. Los pondré a salvo de los inquisidores, de los que no entienden de mezclas ni de tres dimensiones; de los del mundo plano, de los del finis terre a dos palmos de la costa, de los de los monstruos con dientes acechando en lo nuevo, de los que huyen despavoridos de lo que no entienden.


Te ofrezco los ingredientes del Amor en bandeja de acuarela, donde en teoría cada color tiene su espacio; pero por la noche, es inevitable, con frecuencia juegan a escaparse un rato.




Evocado por este luminoso dibujo de Pablo Cabrera

domingo, 12 de marzo de 2017

Bosque interrogante

A veces me escapo. A esos bosques donde se puede vivir sin prisa. Donde las nubes y las ramas de los árboles están hechos de las mismas líneas serpenteantes, como si llovieran hojas, como si brotara lluvia salvífica y salvaje. Corro a los bosques a encontrarme con mi magia; en el vacío, sobre un fondo blanco de silencio pulcro. Extiendo las manos y de mis yemas salen interrogaciones, preguntas eternas que se elevan al cielo en busca de respuesta. Interrogaciones que se intercalan en bucle hasta hacerse casi casi (pero sólo casi) demasiado gruesas. Serpentean por el cielo, queriendo alejarse, aun a sabiendas de que volverán a caer sobre la tierra; como espirales imperfectas, que invitan a pasar una y otra vez por el mismo lugar, pero cada vez un poco más profundo, hasta hacer diana de cien puntos en el mismísimo corazón del corazón; como un pequeño ser que nace a la vida, un embrión que se arropa a sí mismo, y se sonríe, y se acaricia; se protege en su caída al suelo/vida, confiando en que el aterrizaje, aunque forzosamente será, no será forzoso. Y al caer y abonar el suelo con su barro tierno, volverá a hacer brotar del suelo mis pies y mis piernas, que me enraízan fuerte en el suelo, a imagen y semejanza de aquel árbol que se acoda para explorar las curvas de ese aire/vida que le rodea y le sustenta. Ambos levantamos los brazos, como tratando de imitar torpemente a aquel surfero experto de los póster, que sonríe seguro como si no hubiera ola capaz de romper su base de sustentación, como si pudiera sustentarse sólo a base del azul que le inunda la mirada, el viento recio que le enreda el pelo y el agua salada que le curte el rostro.

Hoy averigüé algo nuevo en aquel bosque: soy un diapasón invertido. Tienen razón cuando dicen que a veces sólo se me entiende haciendo el pino.



Inspirado en este precioso dibujo de Pablo Cabrera.