“Nos vemos el martes”, dijo Clara. Así
terminaba cada uno de sus encuentros, siempre, indefectiblemente.
El médico les había
prohibido verse con más frecuencia. Decía que era malo para la salud de Clara,
que cada encuentro la dejaba más a su merced, más frágil, más vulnerable. Sin
embargo, ella esperaba con ansia el encuentro cada martes, con más ansia cuanto
más prohibido estaba. Era en el encuentro con él donde estaba toda su
esperanza, era lo más importante de la semana. Preparaba aquella cita con esmero.
Sabía que si todo iba bien, tendría un respiro; sabía también que si la cita
iba mal, todo se volvería más oscuro, más difícil y más sin sentido. Y pese al
riesgo, necesitaba ese encuentro… De algún modo le había otorgado a él la
potestad de darle o quitarle el sentido a su vida; por eso necesitaba crear la
oportunidad de que se lo diera una y otra vez con su aprobación, al menos por
una semana. Necesitaba mirarlo y leer su aprobación. Necesitaba que él le diera
la que el espejo indefectiblemente le negaba. A veces lo odiaba por tener tanto
poder sobre ella… pero al final acababa, como siempre, disculpándolo y cargando
las tintas contra sí misma. En el fondo sabía que era precisamente ella quien
había empezado este sinsentido que estaba haciendo girones su vida.
Había habido otros
en su vida. El primero a los trece años, en casa de sus padres. Aún recordaba
la primera vez, aquella noche en la que todos iban a estar fuera de casa.
Parecía un juego inocente. Si hubiera podido sospechar todo lo que vendría después…
Se recordaba encima de él, nerviosa, pero sin poder ni tan siquiera intuir que
sería la primera de muchas veces, todas sin sentido y todas inevitables. Cuando
su padre descubrió meses más tarde lo que pasaba, fue hacia él hecho una furia
y le lanzó una piedra.
Pero ella se las
apañó para buscar otros, y otros momentos. En casa de amigas, sin ir más lejos.
Era el lugar más fácil. Algunas hasta seguían el juego y se unían a la locura. Poco a poco aquello se había convertido en algo enfermizo: aprovechaba cada ocasión
que se presentaba, casi compulsivamente. Pero eso no era lo peor. Lo peor era
el calvario entre una y otra vez, el temor al encuentro, los días y las noches
de privación y el dolor de estómago. Y aguantar la mirada de los otros y
saberse menos, no encontrar en ella misma nada que valiera la pena, nada a lo
que agarrarse. Mirarse al espejo y sentir vergüenza; mirarse hacia dentro y
sentir asco y desprecio; y tener la certeza de que todos la veían así. Y él
allí, entre toda esa amalgama de subjetividad propia y ajena, como juez
imparcial capaz de dictaminar de forma objetiva y tajante si ella tenía o no
tenía valor, sin necesidad de más explicaciones que su sentencia fría y desnuda.
Fue
difícil recuperar la noción de las cosas. Fue complicado mirarse y no hacerlo a
través de un manto de lágrimas, y devolverle al espejo la capacidad de
devolverle la realidad real, la que veían todos. Fue complicado dejar de
hacerlo compulsivamente, una y otra vez, y pasar a hacerlo una vez cada semana.
Fue más difícil aún volver a hacerlo como algo trivial, sin más trascendencia
que cualquier cuidado de salud: ducharse, lavarse los dientes o tomarse la
tensión. Fue un trabajo duro entender que treinta y cinco es una cifra aleatoria y poco
saludable. Fue casi imposible aprender a amarse a sí misma, independientemente
de los kilos que marcara su aguja. Casi imposible… pero posible. Un día ya no
lo necesitaba. Un día ya no necesitaba más que nada ni nadie le justificara que
se merecía seguir viva. Y por eso un día, sin más, se despidieron.