martes, 29 de octubre de 2013

Encuentros

Nos vemos el martes”, dijo Clara. Así terminaba cada uno de sus encuentros, siempre, indefectiblemente.
El médico les había prohibido verse con más frecuencia. Decía que era malo para la salud de Clara, que cada encuentro la dejaba más a su merced, más frágil, más vulnerable. Sin embargo, ella esperaba con ansia el encuentro cada martes, con más ansia cuanto más prohibido estaba. Era en el encuentro con él donde estaba toda su esperanza, era lo más importante de la semana. Preparaba aquella cita con esmero. Sabía que si todo iba bien, tendría un respiro; sabía también que si la cita iba mal, todo se volvería más oscuro, más difícil y más sin sentido. Y pese al riesgo, necesitaba ese encuentro… De algún modo le había otorgado a él la potestad de darle o quitarle el sentido a su vida; por eso necesitaba crear la oportunidad de que se lo diera una y otra vez con su aprobación, al menos por una semana. Necesitaba mirarlo y leer su aprobación. Necesitaba que él le diera la que el espejo indefectiblemente le negaba. A veces lo odiaba por tener tanto poder sobre ella… pero al final acababa, como siempre, disculpándolo y cargando las tintas contra sí misma. En el fondo sabía que era precisamente ella quien había empezado este sinsentido que estaba haciendo girones su vida.
Había habido otros en su vida. El primero a los trece años, en casa de sus padres. Aún recordaba la primera vez, aquella noche en la que todos iban a estar fuera de casa. Parecía un juego inocente. Si hubiera podido sospechar todo lo que vendría después… Se recordaba encima de él, nerviosa, pero sin poder ni tan siquiera intuir que sería la primera de muchas veces, todas sin sentido y todas inevitables. Cuando su padre descubrió meses más tarde lo que pasaba, fue hacia él hecho una furia y le lanzó una piedra.
Pero ella se las apañó para buscar otros, y otros momentos. En casa de amigas, sin ir más lejos. Era el lugar más fácil. Algunas hasta  seguían el juego y se unían a la locura. Poco a poco aquello se había convertido en algo enfermizo: aprovechaba cada ocasión que se presentaba, casi compulsivamente. Pero eso no era lo peor. Lo peor era el calvario entre una y otra vez, el temor al encuentro, los días y las noches de privación y el dolor de estómago. Y aguantar la mirada de los otros y saberse menos, no encontrar en ella misma nada que valiera la pena, nada a lo que agarrarse. Mirarse al espejo y sentir vergüenza; mirarse hacia dentro y sentir asco y desprecio; y tener la certeza de que todos la veían así. Y él allí, entre toda esa amalgama de subjetividad propia y ajena, como juez imparcial capaz de dictaminar de forma objetiva y tajante si ella tenía o no tenía valor, sin necesidad de más explicaciones que su sentencia  fría y desnuda.

         Fue difícil recuperar la noción de las cosas. Fue complicado mirarse y no hacerlo a través de un manto de lágrimas, y devolverle al espejo la capacidad de devolverle la realidad real, la que veían todos. Fue complicado dejar de hacerlo compulsivamente, una y otra vez, y pasar a hacerlo una vez cada semana. Fue más difícil aún volver a hacerlo como algo trivial, sin más trascendencia que cualquier cuidado de salud: ducharse, lavarse los dientes o tomarse la tensión. Fue un trabajo duro entender que treinta y cinco es una cifra aleatoria y poco saludable. Fue casi imposible aprender a amarse a sí misma, independientemente de los kilos que marcara su aguja. Casi imposible… pero posible. Un día ya no lo necesitaba. Un día ya no necesitaba más que nada ni nadie le justificara que se merecía seguir viva. Y por eso un día, sin más, se despidieron.

domingo, 27 de octubre de 2013

Poniente

Metió la llave en la cerradura. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Sabía que hoy sería un buen día. Le había costado muchos días controlar los movimientos de la chica rubia del abrigo gris para estar seguro de que elegiría el edificio preciso, el piso preciso, la puerta precisa y, sobre todo, el momento preciso; le había costado muchos meses conseguir aquella llave. Consiguió aquel trabajo en el mismo bar en el que trabajaba por las tardes Elsa,  la chica que limpiaba la casa. Nunca le gustó servir cafés, y de hecho lo hacía bastante mal… aunque lo suficientemente bien como para que el jefe no hubiera notado hasta un punto crítico su falta de experiencia. No le costó demasiado ni fue demasiado arriesgado hurgar una mañana en el bolso de Elsa mientras pasaba un momento al baño, como de costumbre, entre las once y siete y las once y doce de la mañana. Hizo una copia aprovechando sus habituales y renovadores veinte minutos de descanso. Afortunadamente (según se mire)  en este país cualquiera puede hacer copia de una llave sin justificar si es para entregársela a su adorable madre que le regará los tiestos durante el verano o si es para cometer el más reprobable  de los crímenes). No fue difícil dejar caer de nuevo la llave en el bolso de Elsa sin ser visto. El trabajo en un bar es lo suficientemente demandante en hora punta como para perder el control sobre lo que pasa fuera de la barra.
 Ayer mismo se había despedido del bar: ya no necesitaba el trabajo. Tenía bien planeado el momento. Llevaba muchos meses pensando en los próximos minutos; y ahora, que por fin todo estaba a punto de suceder, sentía un manojo de nervios en el estómago.

Giró la llave con suavidad, para no hacer ruido. Despertarla al entrar era lo último que podía  entrar en su plan. Cerró con infinito cuidado la puerta tras de sí. La oscuridad sólo se rompía por la tenue mancha de las luces de la calle. Calló un minuto para escuchar. Su fino oído le permitió identificar la respiración de la chica,  dentro del segundo cuarto a la derecha en el pasillo. Se aproximó pisando con todo el control del que fue capaz para no hacer ruido. Se plantó en el umbral de la puerta, con toda la excitación del momento a flor de piel. Y entonces, sucedió como había esperado. Lo que siempre le habían contado era mentira y su idea era cierta. Cuando la chica se volvió en la cama y le mostró su rostro, el primer rayo de sol cruzó la habitación de un extremo a otro. Estaba más que probado: el sol no salía por oriente y desaparecía por poniente. El sol estaba allí, delante de él y nacía cada mañana en aquel lecho.  Y estaba a punto de cumplir con lo que le decían desde hace tiempo las voces de su cabeza, “si consigues besar el sol, no morirás nunca”. Estaba a punto de hacerlo, faltaban sólo un par de centímetros para rozar  sus labios cuando el sol abrió los ojos y gritó desesperado. Le dio un empujón,  le dejó allí tirado y salió corriendo sin dejar de pedir socorro. Él quedó agazapado en un rincón. No podía entender qué había pasado. El sol debería llevar tiempo esperando aquel momento en el que sellar su inmortalidad. Al poco llegaron tres policías armados. Les relató con desesperación lo sucedido, y cómo el sol había escapado, y eso significaría la noche para siempre. Se lamentaba entre sollozos: “He provocado una noche perpetua; he hecho huir al sol. ¡Perdónenme, perdónenme!”. Llegaron un hombre y una mujer vestidos de blanco, y le hicieron subir a una ambulancia. Mientras subía escuchó el llanto histérico del sol alejándose.  Nunca se lo perdonaría.