domingo, 27 de octubre de 2013

Poniente

Metió la llave en la cerradura. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Sabía que hoy sería un buen día. Le había costado muchos días controlar los movimientos de la chica rubia del abrigo gris para estar seguro de que elegiría el edificio preciso, el piso preciso, la puerta precisa y, sobre todo, el momento preciso; le había costado muchos meses conseguir aquella llave. Consiguió aquel trabajo en el mismo bar en el que trabajaba por las tardes Elsa,  la chica que limpiaba la casa. Nunca le gustó servir cafés, y de hecho lo hacía bastante mal… aunque lo suficientemente bien como para que el jefe no hubiera notado hasta un punto crítico su falta de experiencia. No le costó demasiado ni fue demasiado arriesgado hurgar una mañana en el bolso de Elsa mientras pasaba un momento al baño, como de costumbre, entre las once y siete y las once y doce de la mañana. Hizo una copia aprovechando sus habituales y renovadores veinte minutos de descanso. Afortunadamente (según se mire)  en este país cualquiera puede hacer copia de una llave sin justificar si es para entregársela a su adorable madre que le regará los tiestos durante el verano o si es para cometer el más reprobable  de los crímenes). No fue difícil dejar caer de nuevo la llave en el bolso de Elsa sin ser visto. El trabajo en un bar es lo suficientemente demandante en hora punta como para perder el control sobre lo que pasa fuera de la barra.
 Ayer mismo se había despedido del bar: ya no necesitaba el trabajo. Tenía bien planeado el momento. Llevaba muchos meses pensando en los próximos minutos; y ahora, que por fin todo estaba a punto de suceder, sentía un manojo de nervios en el estómago.

Giró la llave con suavidad, para no hacer ruido. Despertarla al entrar era lo último que podía  entrar en su plan. Cerró con infinito cuidado la puerta tras de sí. La oscuridad sólo se rompía por la tenue mancha de las luces de la calle. Calló un minuto para escuchar. Su fino oído le permitió identificar la respiración de la chica,  dentro del segundo cuarto a la derecha en el pasillo. Se aproximó pisando con todo el control del que fue capaz para no hacer ruido. Se plantó en el umbral de la puerta, con toda la excitación del momento a flor de piel. Y entonces, sucedió como había esperado. Lo que siempre le habían contado era mentira y su idea era cierta. Cuando la chica se volvió en la cama y le mostró su rostro, el primer rayo de sol cruzó la habitación de un extremo a otro. Estaba más que probado: el sol no salía por oriente y desaparecía por poniente. El sol estaba allí, delante de él y nacía cada mañana en aquel lecho.  Y estaba a punto de cumplir con lo que le decían desde hace tiempo las voces de su cabeza, “si consigues besar el sol, no morirás nunca”. Estaba a punto de hacerlo, faltaban sólo un par de centímetros para rozar  sus labios cuando el sol abrió los ojos y gritó desesperado. Le dio un empujón,  le dejó allí tirado y salió corriendo sin dejar de pedir socorro. Él quedó agazapado en un rincón. No podía entender qué había pasado. El sol debería llevar tiempo esperando aquel momento en el que sellar su inmortalidad. Al poco llegaron tres policías armados. Les relató con desesperación lo sucedido, y cómo el sol había escapado, y eso significaría la noche para siempre. Se lamentaba entre sollozos: “He provocado una noche perpetua; he hecho huir al sol. ¡Perdónenme, perdónenme!”. Llegaron un hombre y una mujer vestidos de blanco, y le hicieron subir a una ambulancia. Mientras subía escuchó el llanto histérico del sol alejándose.  Nunca se lo perdonaría. 

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