Metió la llave en la cerradura. Llevaba mucho
tiempo esperando ese momento. Sabía que hoy sería un buen día. Le había costado
muchos días controlar los movimientos de la chica rubia del abrigo gris para
estar seguro de que elegiría el edificio
preciso, el piso preciso, la puerta precisa y, sobre todo, el momento preciso;
le había costado muchos meses conseguir aquella llave. Consiguió aquel trabajo
en el mismo bar en el que trabajaba por las tardes Elsa, la chica que limpiaba la casa. Nunca le gustó
servir cafés, y de hecho lo hacía bastante mal… aunque lo suficientemente bien
como para que el jefe no hubiera notado hasta un punto crítico su falta de
experiencia. No le costó demasiado ni fue demasiado arriesgado hurgar una
mañana en el bolso de Elsa mientras pasaba un momento al baño, como de
costumbre, entre las once y siete y las once y doce de la mañana. Hizo una
copia aprovechando sus habituales y renovadores veinte minutos de descanso.
Afortunadamente (según se mire) en este
país cualquiera puede hacer copia de una llave sin justificar si es para
entregársela a su adorable madre que le regará los tiestos durante el verano o
si es para cometer el más reprobable de
los crímenes). No fue difícil dejar caer de nuevo la llave en el bolso de Elsa sin
ser visto. El trabajo en un bar es lo suficientemente demandante en hora punta
como para perder el control sobre lo que pasa fuera de la barra.
Ayer mismo se había despedido del bar: ya no
necesitaba el trabajo. Tenía bien planeado el momento. Llevaba muchos meses
pensando en los próximos minutos; y ahora, que por fin todo estaba a punto de
suceder, sentía un manojo de nervios en el estómago.
Giró la llave con
suavidad, para no hacer ruido. Despertarla al entrar era lo último que
podía entrar en su plan. Cerró con
infinito cuidado la puerta tras de sí. La oscuridad sólo se rompía por la tenue
mancha de las luces de la calle. Calló un minuto para escuchar. Su fino oído le
permitió identificar la respiración de la chica, dentro del segundo cuarto a la derecha en el
pasillo. Se aproximó pisando con todo el control del que fue capaz para no
hacer ruido. Se plantó en el umbral de la puerta, con toda la excitación del
momento a flor de piel. Y entonces, sucedió como había esperado. Lo que siempre
le habían contado era mentira y su idea era cierta. Cuando la chica se
volvió en la cama y le mostró su rostro, el primer rayo de sol cruzó la habitación de un extremo a otro. Estaba más que
probado: el sol no salía por oriente y desaparecía por poniente. El sol estaba
allí, delante de él y nacía cada mañana en aquel lecho. Y estaba a punto de cumplir con lo que le
decían desde hace tiempo las voces de su cabeza, “si consigues besar el sol, no
morirás nunca”. Estaba a punto de hacerlo, faltaban sólo un par de centímetros para
rozar sus labios cuando el sol abrió los
ojos y gritó desesperado. Le dio un empujón,
le dejó allí tirado y salió corriendo sin dejar de pedir socorro. Él
quedó agazapado en un rincón. No podía entender qué había pasado. El sol
debería llevar tiempo esperando aquel momento en el que sellar su inmortalidad.
Al poco llegaron tres policías armados. Les relató con desesperación lo
sucedido, y cómo el sol había escapado, y eso significaría la noche para
siempre. Se lamentaba entre sollozos: “He provocado una noche perpetua; he
hecho huir al sol. ¡Perdónenme, perdónenme!”. Llegaron un hombre y una mujer
vestidos de blanco, y le hicieron subir a una ambulancia. Mientras subía
escuchó el llanto histérico del sol alejándose.
Nunca se lo perdonaría.
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