Esta historia sucedió en Madrid una noche de verano. A las once de la noche se había corrido la voz por toda la ciudad. Una hora antes, el rumor era apenas un susurro, pero se fue corriendo de boca en boca, de forma exponencial, de forma que los murmullos se sumaban a los murmullos, los cuales a su vez se sumaban al murmullo cotidiano del rugir perezoso de los motores de los coches.
Alguien empezó aquel chismorreo, al parecer un hombre ya bien entrado en la cincuentena, parado de larga duración desde hacía (crisis mediante) la friolera de siete años, con tiempo suficiente para pasear por la ciudad cabizbajo, dándole vueltas al pan suyo de cada día. Aquel día, sin embargo, algo le sacó de sus pensamientos. Paseaba por el llamado "Salón del Estanque" del parque de El Retiro, ese paseo junto al estanque grande desde el que se divisa en la otra orilla un semicírculo de columnas que arropan a la estatua de Alfonso XII.
Y, de pronto, allí estaba ella, desnuda, descarada, mayúscula, voluptuosa, carnosamente mordisqueable ante él, que la observaba extasiado desde la barandilla del paseo. La había visto otras veces en sus paseos por allí, pero nunca así, tan evidente, tan en cueros, tan deshinibida. Casi podía contar cada una de las curvas que se iban haciendo imposibles de ser pasadas por alto según se acercaba hasta esa distancia prudente a la que decidió pararse y establecer su espectáculo. Aquel hombre, tras recrearse un rato la mirada, supo que no podía ser tan avaro de no compartir aquello; o quizás tuvo miedo de morir desbordado si no repartía tal dosis de estímulo de los sentidos; así que decidió hacer partícipe de su furtivo descubrimiento a otro hombre que pasaba paseando a su perro. La señaló ensimismado, sin conseguir apartar la vista, como con temor de que si dejaba de mirarla se desvaneciera. "Mire, ¿la ha visto?", dijo alzando un poco la voz mientras señalaba. "¡Guau!", respondió el otro hombre. "¡Guau!", añadió también el perro que, al verla, no pudo estar más de acuerdo. Eran ya dos y un perro los ensimismados por aquel acto de desnudez frescachona, allí, delante de ellos, sin pudor, aunque a una bien medida distancia que la mantenía fuera del alcance de sus manos; y es que, si no hubiera sido así, no creo que hubieran sido capaces de resistirse a tocarla. Y aquellos dos, casi como el coro griego que le faltaba a aquellas columnas de enfrente, alzaron las manos para alertar a otros dos viandantes, dos viandantas en este caso. Y ellas también quedaron extasiadas ante lo espectacular de aquel cuerpo que se ofrecía crudo para ser visto.
Y, de pronto, allí estaba ella, desnuda, descarada, mayúscula, voluptuosa, carnosamente mordisqueable ante él, que la observaba extasiado desde la barandilla del paseo. La había visto otras veces en sus paseos por allí, pero nunca así, tan evidente, tan en cueros, tan deshinibida. Casi podía contar cada una de las curvas que se iban haciendo imposibles de ser pasadas por alto según se acercaba hasta esa distancia prudente a la que decidió pararse y establecer su espectáculo. Aquel hombre, tras recrearse un rato la mirada, supo que no podía ser tan avaro de no compartir aquello; o quizás tuvo miedo de morir desbordado si no repartía tal dosis de estímulo de los sentidos; así que decidió hacer partícipe de su furtivo descubrimiento a otro hombre que pasaba paseando a su perro. La señaló ensimismado, sin conseguir apartar la vista, como con temor de que si dejaba de mirarla se desvaneciera. "Mire, ¿la ha visto?", dijo alzando un poco la voz mientras señalaba. "¡Guau!", respondió el otro hombre. "¡Guau!", añadió también el perro que, al verla, no pudo estar más de acuerdo. Eran ya dos y un perro los ensimismados por aquel acto de desnudez frescachona, allí, delante de ellos, sin pudor, aunque a una bien medida distancia que la mantenía fuera del alcance de sus manos; y es que, si no hubiera sido así, no creo que hubieran sido capaces de resistirse a tocarla. Y aquellos dos, casi como el coro griego que le faltaba a aquellas columnas de enfrente, alzaron las manos para alertar a otros dos viandantes, dos viandantas en este caso. Y ellas también quedaron extasiadas ante lo espectacular de aquel cuerpo que se ofrecía crudo para ser visto.
La secuencia se repetía una y otra vez mientras ella seguía allí, en su salsa, sacando de su mirar perdido cada vez a más viandantes que, al percatarse del objetivo que señalaba el dedo, no podían más que regalarse la vista apoyados y apoyadas sobre aquella barandilla. Ella parecía disfrutar del espectáculo de verles disfrutar de su espectáculo, reflejado en sus pupilas. En realidad, llevaba años ensayándolo; pero hoy le estaba saliendo especialmente bien, estaba claro. Algunos de los que la miraban se acababan yendo con mala conciencia por haberse detenido: no cualquier cónyuge entiende que uno (o una) se pare extasiado a contemplar las bellezas desnudas que de cuando en cuando se regalan; algunos y algunas no serían capaces de entender que una cosa así le pudiera sorprender a uno mientras atraviesa El Retiro. (Pero, ¿y si sucede?) Se iban mirando hacia atrás por unos segundos, como queriendo estirar la mirada un poco más, como temerosos de que aquello no volviera a repetirse (y es que muchos hasta entonces nunca habían visto algo igual). Y, aunque se iban, muchos pasaban la noticia a los que encontraban en las puertas del parque: "Atención al llegar al estanque, no te lo pierdas", le dijo en tono confidente un caballero a un chavalín de unos once años que se había despistado por un momento de sus padres, como sabiendo que le iniciaba en algo hasta ahora quizás intuido, pero no descubierto. Y así, poco a poco, cada vez eran más en la ciudad los que lo sabían: hombres, mujeres, niñas y niños. Algunos, atraídos por una inmensa curiosidad, incluso se desviaron de su ruta habitual para pasar por allí y verla. Tanta gente fue, que algunos dicen que en algún momento se puso colorada. Pero allí siguió, impertérrita, ofreciéndose con entrega redoblada al espectáculo.
La noticia de lo que estaba sucediendo en algún punto llegó a adquirir un tono especialmente clandestino, porque a las veintitres cuarenta y dos a aquel Salón del Estanque llegó una patrulla de la policía municipal. Bajaron del coche un hombre y una mujer y, con ese gesto firme de la autoridad bien practicada, se dirigieron a los que se arremolinaban junto a la barandilla: "A ver, nos han avisado porque ha sido vista una mujer que se desnuda. Venimos a detenerla por escándalo público, ¿la han visto ustedes?" "¿Cómo?", inquirió el cincuentón. "Sí, nos han avisado hace unos minutos: es blanca, voluptuosa y se muestra con descaro. Al parecer no distingue en su exhibicionismo, se deja ver incluso ante ancianos y niños. Dicen que algunos la habían visto ya merodear por aquí alguna vez, pero que el delito no era tan evidente como hoy. ¿Han visto a alguien que coincida con esa descripción?". El cincuentón sonrió divertido mientras, por centésima vez aquella noche, la señalaba: "Agente, si quiere completar el retrato robot, responde al nombre de SuperLuna".
https://www.youtube.com/watch?v=HLAjf82LXiU
