domingo, 12 de marzo de 2017

Bosque interrogante

A veces me escapo. A esos bosques donde se puede vivir sin prisa. Donde las nubes y las ramas de los árboles están hechos de las mismas líneas serpenteantes, como si llovieran hojas, como si brotara lluvia salvífica y salvaje. Corro a los bosques a encontrarme con mi magia; en el vacío, sobre un fondo blanco de silencio pulcro. Extiendo las manos y de mis yemas salen interrogaciones, preguntas eternas que se elevan al cielo en busca de respuesta. Interrogaciones que se intercalan en bucle hasta hacerse casi casi (pero sólo casi) demasiado gruesas. Serpentean por el cielo, queriendo alejarse, aun a sabiendas de que volverán a caer sobre la tierra; como espirales imperfectas, que invitan a pasar una y otra vez por el mismo lugar, pero cada vez un poco más profundo, hasta hacer diana de cien puntos en el mismísimo corazón del corazón; como un pequeño ser que nace a la vida, un embrión que se arropa a sí mismo, y se sonríe, y se acaricia; se protege en su caída al suelo/vida, confiando en que el aterrizaje, aunque forzosamente será, no será forzoso. Y al caer y abonar el suelo con su barro tierno, volverá a hacer brotar del suelo mis pies y mis piernas, que me enraízan fuerte en el suelo, a imagen y semejanza de aquel árbol que se acoda para explorar las curvas de ese aire/vida que le rodea y le sustenta. Ambos levantamos los brazos, como tratando de imitar torpemente a aquel surfero experto de los póster, que sonríe seguro como si no hubiera ola capaz de romper su base de sustentación, como si pudiera sustentarse sólo a base del azul que le inunda la mirada, el viento recio que le enreda el pelo y el agua salada que le curte el rostro.

Hoy averigüé algo nuevo en aquel bosque: soy un diapasón invertido. Tienen razón cuando dicen que a veces sólo se me entiende haciendo el pino.



Inspirado en este precioso dibujo de Pablo Cabrera.