viernes, 2 de mayo de 2014

Melofonías

Tenía 25 años. Le había costado mucho tiempo acostumbrarse a su condición. Durante muchos años, lo escondieron. Durante otros tantos, él mismo decidió esconderse. Pero, ¿cuándo fue eso? Pronto, muy pronto, a una edad a la que debía haber estado jugando con otros niños. A esa edad, Sebastián ya había compuesto algunas de sus obras, tocaba tres instrumentos y ensayaba una media de siete horas diarias. A los 10 años Sebastián ya tenía claro que la música era su vida. Sus preguntas, sus conversaciones, sus comentarios, giraban en torno a Brahms, Bethovenn, Mozart o Haendel. De su habitación sólo salía el sonido de sus instrumentos o el de sus discos de vinilo. Durante las comidas, no podía evitar hacer tintinear los cubiertos contra los vasos hasta que, como siempre, su madre terminaba llamándole la atención. “Sebastián, el que come y canta, si no está loco, poco le falta”, le repetía su abuela los domingos, cuando venía a casa a comer. La música llenaba cada vez más espacio en su vida. Hasta que un día,  al levantarse de la cama, fue consciente de la irremediable situación. Era propenso a las bronquitis, y aquella se le había agarrado a base de bien. Trató de carraspear para aclararse la garganta, y se llevó tamaña sorpresa cuando en lugar de un carraspeo lo que llenó la habitación fue ese ruido de varios instrumentos sonando a la vez y descoordinados al tiempo, como furtivos, debajo de la platea del teatro, afinándose antes de empezar un concierto. Se quedó helado. Probó, y de nuevo la orquesta fantasma hizo notar su presencia. Pero lo que más atónito le dejaba es que aquel ruido venía de dentro de su propia garganta. Asustado, quiso llamar a su madre, y en lugar de un grito lo que salió de su garganta fue el “po-po-po-póóón” (en este caso, más bien “ma-ma-máááá”) del primer movimiento de la quinta sinfonía de Bethoveen. No hay ni que decir que cuando la madre de Sebastián se percató de lo que sucedía casi sufre un ataque de nervios. Sin embargo, antes de sufrirlo acertó a llegar al teléfono y llamar a la consulta de D. Nicasio, el internista. “¿A qué hora podemos pasarnos por allí?, gimoteó la señora Orondo. “Pues… por la mañana, sin cita, de diez a doce”, dijo la voz al otro lado del teléfono, como haciéndose cargo de que algo gordo tenía la pobre señora al otro lado del hilo. A las diez cero dos estaban Sebastián y su madre en la consulta. Tras reconocerle, D. Nicasio se sentó de nuevo tras la mesa y se subió un poco las gafas. “Doña Joaquina, mucho me temo que estamos ante un caso difícil, del que sólo se conocen dos o tres en la historia de la Medicina. Se trata de un claro caso de melofonía”. Por la cara con la que dictó la sentencia se entendía que no había mucho que hacer al respecto, así que tras dar sus condolencias y unas cuantas palabras de ánimo, D. Nicasio le extendió una receta de un jarabe para la tos “para que al menos mientras se le pasa la bronquitis sobreañadida no les maree a ustedes con tanto afinamiento de instrumentos”.  Así, Sebastián se convirtió en “un caso”, un caso curioso, un caso único… un caso extraño. Tan extraño, que doña Joaquina y su marido decidieron ocultarlo. Le borraron de la escuela y, lo poco que salía, le acostumbraron a mantenerse callado. A los vecinos y conocidos les contaron que se había vuelto mudo. Incluso le llevaron a aprender lengua de signos. Sebastián era listo y aprendió rápido. En pocos meses daba el pego: su melofonía se había convertido en una por todos creída mudez sobrevenida. Ni que decir tiene que, aconsejados por D. Nicasio, restringieron cada vez más su contacto con la música y los instrumentos, con la esperanza de que de esta forma “quizás, quién sabe, tal vez mejore algo el cuadro”. Así, Sebastián siguió creciendo, y se acostumbró a ocultar su problema. Tanto, que un día llegó a olvidarlo. Llegó a olvidar que su voz era música. Llegó a olvidar su voz. Sus padres llegaron a  creer que era mudo. Él mismo creyó que era mudo. Tanto lo creyó que dejó de emitir cualquier sonido. Y como si mudo fuera se desenvolvió su vida, dentro de una mentira acordada y creída  por todos. Sus padres, preocupados por la mudez de su hijo, viéndole de algún modo triste y desolado, le aconsejaron, como buenos padres, unirse a alguna asociación de personas con algún problema similar, donde pudiera recibir apoyo y consejo para sobrellevar su desventaja. Y así lo hizo. Allí conoció a personas con otras dificultades: unos no podían ver, otros no podían oír, otros no podían andar, otros andaban presas del pánico, otros estaban extremadamente tristes. Cada fin de semana iban a aquel local y pasaban tiempo juntos, hacían actividades, manualidades, veían películas. Se suponía que así se irían conociendo unos a otros, se darían apoyo, se sentirían mejor. De entre todos los compañeros, desde el primer día, le llamó la atención Clara. Clara iba en silla de ruedas. Al parecer, no le funcionaban las piernas. Sebastián la miraba y la miraba, y cuanto más la miraba más le agradaba...pero no se atrevía a acercarse a ella. ¿Para qué? Tampoco podía decirle nada. Así transcurrieron los días, los meses, y hasta casi un año. Un día, al terminar la actividad, mientras Sebastián terminaba de recoger sus cosas, Clara se hizo la remolona intencionadamente, y esperó a que todos los demás compañeros salieran.

-Me miras y te miro-le dijo Clara -Desde hace un año. Ambos nos hemos dado cuenta.
Sebastián bajó la vista. Le daba mucha vergüenza verse reflejado en sus ojos azules. Nunca se había sentido tan vulnerable al mirarse en los ojos de alguien.
-¿Sabes, Sebastián? Cuando me miras, siento algo muy extraño, como si quisiera un imposible, como si quisiera asir el viento, como si quisiera caminar por el cielo, como si quisiera entender a los pájaros, como si quisiera engancharme a una estrella fugaz y volar con ella...

Sebastián hizo un nuevo intento de levantar la vista, y al hacerlo se encontró con dos pedacitos de cielo que se  resguardaban debajo del toldo de aquellas pestañas largas. Y aquellos cielos le miraban con tanta ternura, se sintió tan profundamente acogido por aquella mirada, que algo empezó a moverse en su tripa, justito por debajo de la boca del estómago. Era algo conocido y olvidado hace tiempo, algo que le daba vértigo a la vez que le invitaba a zambullirse. De pronto lo recordó: ¡era la risa! Le sacudió una carcajada, y luego otra. Pero no sonaban "¡ja!", sonaban como un tintineo de campanillas. A las campanillas se fueron uniendo los acordes de una melodía alegre y suave. Y se entregó a la risa. Se dejó ir. Desparramó de risa. Pero no de risa_me_hace_gracia, sino de risa_algo_grande_y_maravilloso_está_sucediendo. Y cuanto más reía, más fuerte resonaba la melodía en la sala. Y entonces, sucedió algo más: Clara cerró los ojos unos instantes, como si quisiera escuchar la música con todo su ser, como si necesitara cerrarlos para que no se le escapara ni una nota.  Y entonces sucedió un imposible: Clara, primero torpemente y poco a poco con más soltura, se levantó y comenzó a mover sus piernas. Pero no caminaba, danzaba. Danzaba por toda la sala, como llevada en volandas por la melodía que salía de Sebastián. Giraba, saltaba, hacía piruetas, se paraba y volvía a moverse como un tallo de bambú acunado por una brisa suave; se fundía con el suelo para volver a emerger de él; movía los brazos con delicadeza; atravesaba el espacio como si fuera miel, o agua, o viento fuerte que la arremolinaba y la soplaba como a un diente de león.
 Duró poco más de media hora aquel momento único, aquella explosión de recuerdo, aquel re-Big Ban de vidas. A él siguió el nacimiento de un nuevo Universo; uno en el que ya ninguno de los dos tendría que olvidar jamás lo que era, no tendría que engañarse para explicarse lo que no era, no tendrían que pactar con nadie lo decoroso. Él ya siempre dejaría salir su música; ella para siempre danzaría sus notas.





lunes, 6 de enero de 2014

La testigo

El paquete esperaba pacientemente a ser abierto encima de la mesa. Sin remite. Con la dirección escrita a mano. Una letra desconocida. Cabía fácilmente en el regazo. Apenas pesaba. Sentada en el sofá, fue retirando la cinta adhesiva que cerraba las dos solapas marrones. Bajo las mismas, un sobre que reposaba sobre varias capas de papel de seda. El sobre estaba en blanco. Lo abrió, sacó una nota escrita a mano con tinta azul.

Querida Paula:


No me conoces. Mejor dicho, no te acordarás de mí. Soy el camarero del bar en el que desayunas desde hace una semana, el que te devolvió el paraguas el martes pasado cuando volviste porque te lo habías dejado. Tranquila, sigue leyendo, esto no es una declaración de amor, un acoso a distancia ni nada parecido. Bueno, quizás es algo mucho más extraño... 
Llevo toda esta semana observándote, y creo que eres la persona adecuada para lo que me traigo entre manos. Por tus gestos, por tu forma de reír; por el libro de Pablo Neruda que leías el miércoles cuando te serví el cruasán; porque te guardas cada día con cuidado el sobre del azucarillo y estoy seguro de que lo haces por los fragmentos de poemas que vienen en el reverso; porque llevas una canción de Yan Tiersen como tono del móvil y tu fondo de pantalla son "Los Nenúfares" de Monet. Pero sobre todo porque creo leer en tu mirada y ver lo que hay más allá, porque creo ver una profundidad, una sensibilidad y un sentido de la vida que te hacen digna de compartir contigo este tesoro que tengo; y porque de algún modo me hacen confiar en que sabrás apreciar que, sin lugar a dudas, lo es. Si me  he equivocado y no eres tal como me he pintado, pensarás que estoy loco y probablemente cambiarás de bar a partir de mañana mismo. Bueno, más se perdió en Cuba... Sólo te pido que me devuelvas el paquete, por favor, es de tremenda importancia. Pero si de verdad he acertado (y estoy casi seguro), por fin habré cumplido un cometido pendiente desde hace tiempo.
Si a estas alturas aún no has mirado lo que hay debajo del papel de seda, hazlo ahora y después sigue leyendo.

Levantó las cuatro o cinco capas de papel que había debajo, aún confundida y sin saber bien por qué se sentía tan conectada y cómplice de este suceso extraño; de algún modo divertida e inocentemente confiada en que nada peligroso podía haber allí debajo. Y allí estaba, envuelta en el último de los papeles de seda con sumo cuidado. De unos veinte centímetros de largo, delgada, metálica y con adornos plateados en los extremos y el capuchón. La destapó con cuidado. Sí, lo que sospechaba: era una pluma estilográfica. Volvió a la carta:

Bueno, Paula, pues ahí está: una pluma estilográfica. Te habrás dado cuenta de que no es precisamente moderna. No, es una pluma con mucha historia. No es un regalo, es un préstamo. No es un préstamo que yo te hago, es algo mucho más profundo que eso. No es para que escribas... no sé bien decirte para qué es, porque no tiene una finalidad práctica, ni siquiera racional;  pero es que como pude comprobar el otro día por el whatsapp que mandaste a tu amiga (siempre dejas el móvil boca arriba mientras buscas el monedero para pagarme la cuenta) tú también piensas que "las mejores cosas de la vida con frecuencia son irracionales".
Bien, esta pluma estilográfica no es una pluma cualquiera. Es toda una antigüedad. Esta pluma perteneció (ahora sí que vas a alucinar) a Abraham Lincoln. ¿Que cómo ha llegado hasta mí? Igual que hasta ti, de una forma poco usual. Al igual que le llegó a la persona que me lo mandó a mí, y al igual que esa persona lo recibió. Esta pluma, Paula, ha ido pasando de mano en mano desde el 19 de noviembre de 1863, cuando el presidente estadounidense acudió a la ciudad de Gettysburg en Pensilvania, donde pronunciaría un discurso en la Dedicatoria del Cementerio Nacional de los soldados al término de la Guerra Civil. Al finalizar su discurso, una de las pocas mujeres que estaba allí escuchándole, una maestra, se percató de que se le había caído de su bolsillo al señor Lincoln su pluma estilográfica. Intentó devolvérsela, pero el tumulto le impidió llegar hasta él. Aquella maestra, Ann, consciente del significado profundo de aquel día y de aquel discurso en el que el Presidente había hecho resonar en los corazones de los presentes el anhelo de paz, libertad y respeto que muchos llevaban dentro, decidió guardar aquella estilográfica como recuerdo de aquel emotivo día. Parece que de algún modo intuía que había pronunciado el que más tarde sería considerado uno de los discursos más relevantes del siglo XX. Poco después, Ann tuvo la idea: aquel símbolo no debía quedar en su poder, sino pasar de mano en mano, y ser una especie de testigo que estuviera presente en el acontecer de otros momentos tan emocionantes como el que ella vivió aquel día. Sólo le quedaba esperar a que apareciera el porteador o porteadora oportuno para su simbólico tesoro. Y apareció dos años más tarde, cuando conoció durante un viaje a Francia a Antoine, compañero de su hermano Frank en sus estudios de Medicina. A los pocos días de conocerle, Ann, según ella misma contó más tarde, supo que Antoine era el hombre adecuado. Antoine, por aquel entonces, seguía con interés las experimentaciones de un prestigioso científico, D. Louis Pasteur, el Director de Estudios Científicos de la Escuela Normal de París. En 1871 tuvo el honor de poder acudir a una conferencia que pronunciaría en una prestigiosa universidad. Ese día Antoine decidió llevar encima la pluma de Lincoln, como intuyendo que el acontecimiento lo merecería. En aquella conferencia D. Louis Pasteur sugirió a los médicos hervir el instrumental que se utilizaba en las intervenciones quirúrgicas, e incluso los vendajes con los que se taparían las heridas de los enfermos. Pocos en el auditorio podían hacerse una idea realista de la cantidad de vidas que salvaría el consejo regalado aquella tarde por el señor Pasteur.
Así, la pluma ha ido de mano en mano, siempre en manos de porteadores lo suficientemente especiales como para ser así considerados por el anterior porteador. Esta pluma, Paula, ha asistido a muchos acontecimientos que de algún modo han cambiado el curso de la humanidad. Para que te hagas una idea, ha estado presente en lugares como el Salon Indien du Grand Café en el Boulevard des Capucines, donde el 28 de diciembre de 1895 tuvo lugar la primera sesión de cine para el público;  el 12 de marzo de 1930, en la marcha liderada por Gandhi contra los impuestos sobre la sal; el 26 de junio de 1945, en la firma de la Carta de las Naciones Unidas; el 25 de septiembre de 1957 en Little Rock (Arkansas, Estados Unidos), cuando los estudiantes afroamericanos entraron por primera vez en la escuela secundaria iniciándose así la integración racial en las escuelas; el 30 de abril de 1977 en Buenos Aires, con las madres de la Plaza de Mayo; el 9 de noviembre de 1989 en Berlín, mientras la población derribaba el Muro; el 17 de julio de 1998, día de la creación oficial de la Corte Penal Internacional de La Haya. Y, por último, el 15 de mayo de 2011, en la Puerta del Sol de Madrid, cuando yo mismo decidí permanecer allí junto a varios amigos tras una manifestación, en lo que, aunque quizás todavía no salga en las reseñas históricas (los historiadores tienen no sé qué tiempo prudencial que dejan pasar antes de poder juzgar las dimensiones históricas de un acontecimiento...), personalmente tengo claro que fue un día que marcó un antes y un después en la historia más reciente de nuestra maltrecha democracia. Y ahora, si te atreves, si te emociona, si te seduce, está en tus manos decidir qué próximo acontecimiento será el que presencie esta reliquia. 
Repito, Paula, que si piensas que todo esto no es más que una tontería, no tienes más que devolverme el paquete mañana y aquí no ha pasado nada. Prometo no hacerte ni una sola pregunta al respecto. Si decides quedártela, te doy las gracias en nombre de la comunidad de personas que han querido jugar a llenar de trascendencia un simple objeto. Hagas lo que hagas, gracias por tu atención.
Un saludo cordial.
Martín.

Dejó la carta sobre su regazo y la mirada en el aire unos instantes. Con gesto decidido, guardó todo tal como estaba en el paquete.
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Aquella mañana gris de otoño invitaba poco a salir de la cama. Sin embargo, allí estaba Paula. Se quitó el sombrerito ocre, lo guardó en su bolso y colgó éste del respaldo de su butaca, no sin antes sacar lo necesario para tomar notas. Se puso el auricular. Dominaba lo suficientemente bien el inglés, pero no quería perderse ni una sola palabra. "Señores y señoras de la prensa", comenzó el Portavoz, "es un honor acogerles en ésta nuestra sede de la Organización Mundial del Comercio". La pluma de Lincoln, que Paula se había encargado de hacer funcionar de nuevo, atrajo más de una mirada del elenco de periodistas reunidos en Ginebra aquella fría mañana de noviembre de 2023.
A la mañana siguiente, en el aeropuerto de Barajas, nada más bajar del avión, Paula vio en primera página el titular del que sería sin duda uno de los acontecimientos más trascendentes de los que informaría durante su carrera. "La OMC pone fin a decenas de años de legalidad de la especulación". La entradilla profundizaba: "El acuerdo vinculante entrará en vigor a partir del 1 de enero de 2025". Recordó que había dudado: ¿"legalidad de la especulación" o "especulación legal"? Decidió poner legalidad antes para recalcar de algún modo que lo más escandaloso no era la existencia de la especulación, sino la tolerancia de la sociedad a ella durante décadas. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y toco la pluma. Sintió que ya no tenía sentido que siguiese en su poder.